Hace unos días fue la reconciliación de uno de mis hijos; es decir la preparación para su primera confesión antes de la comunión. Para este evento nos invitaron a los padres a acompañar a nuestros hijos y realmente fue una experiencia muy movilizadora que, estoy segura, a más de uno de los que allí estábamos presentes nos hizo mirar nuestros problemas diarios de otra manera.
Independientemente de credos o filosofías la reconciliación es una de las acciones que más gratificaciones puede darnos. Reconciliación es perdón, es encuentro, es humildad, es reflexión, es olvidarnos por un instante de nosotros y abrir nuestro corazón al otro. Y fue justamente estando allí, viendo a esos niños vivir esa experiencia que vinieron a mi cabeza todas las veces que nos cerramos a la reconciliación. Cuántas veces sin darnos cuenta no nos permitimos el placer del perdón, de darlo y de recibirlo o cuántas veces somos espectadores de rencillas familiares que luego siguen en el tiempo, tan así que hasta se pierde el conocimiento de la causa y nos encontramos preguntando, “pero ¿por qué fulano no se habla más con mengano?”. Seguramente la respuesta sea: “Ni idea”.
A veces hay rencores que con el tiempo crecen y se vuelven - en algunas personas, un tortuoso y recurrente sentimiento, casi obsesivo- el único objetivo lo cual es una pena porque ocupan mucho espacio en nuestro corazón. El rencor y el odio, son sentimientos que no nos merecemos y que muchas veces el otro ignora, pero que no por ello dejan de estar instalados en el alma y condicionar nuestras actitudes. Porqué no llenar con otros sentimientos mucho más placenteros estas zonas de dolor y necedad. Entonces, es difícil entender que padres e hijos dejen de visitarse o sólo lo imprescindible; o hermanos que ya no se hablen y corten su relación por temas que quizás ni siquiera se molestaron en discutir. O tal vez aquellos que sin tomar medidas aparentes, quedan atrapados en rencores que solo ellos conocen, y no por ello son menos dañinos. Pongo estos ejemplos porque los lazos filiales, que son aquellos que más fuertes deberían ser, son sumamente débiles ante el orgullo, la intolerancia y la falta de comunicación.
Pero si hacemos memoria, ¿Cuántas veces nos encontramos en esta situación? ¿Cuántas veces nos cuesta ser los primeros en dar el paso para permitir el diálogo y buscar la reconciliación? Contrariamente a lo que se cree, ser el primero en dar el paso no es señal de debilidad ni mucho menos, es un gesto de grandeza y de humildad (por más que parezca contradictorio) es decirle al otro que nos equivocamos (ambos), o simplemente nos desencontramos. Démonos la posibilidad del encuentro para dejar atrás estas diferencias. Debo confesar que muchas veces la disyuntiva para dar el primer paso hacia la reconciliación es muy fuerte, el enojo es muy hábil, y por momentos parece que enojados dominamos la situación. El enojo, y también la ofensa: nos dan la razón, y al mismo tiempo nos proyectan sobre un círculo vicioso, en el que entramos sin certeza de salida.
La reconciliación implica ceder en algunos puntos y eso no es perder. Perder es cuando alejamos al otro de nuestro lado. Perdemos amigos, familia, y con ellos todo lo que rodea sus vidas.
Fue una experiencia muy linda que me hizo rever cómo estaba manejando personalmente el proceso de la reconciliación y, por supuesto, hay muchas cosas que tengo que trabajar.
Espero acordarme de todo esto y aplicarlo más seguido en mi vida para caminar con mochilas menos pesadas y más amigos.
Verónica Correa
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exelente tu refleccion muchas veces pensamos enojados y actuamos mal frente a nuestra fia yo vivo a diario una situacion parecida saludos!!!!
Me gusto mucho la reflexion, que sencillo que es y sin embargo cuanto nos cuesta dar ese primer paso, y ser mas felices. Muchas gracias por compartirla
Muy Bueno saludos