07.03.2010

El Cortejo

Muchas veces nos preguntamos como nos comportamos los seres humanos a la hora de conquistarnos.  Es casi cómico saber, que lo hacemos siguiendo patrones arcaicos que funcionan siempre de las misma manera. Pero no podemos dejar de destacar, que las sociedades han influido ciertamente en su interpretación.

Lo que aparece innato en los seres humanos es una serie de señales y gestos universalmente presentes desde el nacimiento, pero no es menos cierto que la combinación social, los significados atribuidos, los modos de integrarlos en conductas  que se asumen permitidas  y obligatorias pertenece al mundo de la política, de la cultura y de la ideología. Es el viejo dilema entre naturaleza y crianza, (Nature versus Nurture.)

Y si bien, hay consideraciones culturales  acerca de quién empieza primero la conquista, y esto por lo tanto varía para cada grupo cultural en particular, es cierto que ambos, hombres y mujeres, solemos actuar claramente cuando estamos interesados en alguien.

Todos usamos múltiples elementos para seducir, desde la vestimenta, el perfume, la comida, la música. Pero cuando todos estos elementos ya entraron en juego, queda sólo la actitud de cada uno para lograr, o no, la conquista del otro.

 

Las señales del cortejo son muy variadas según la cultura y la clase social y supone un lenguaje críptico para quien no las domina. De forma que el envío de una señal equivocada puede echar por tierra el encuentro. Hay muchas señales que manejamos y no somos conscientes de ellas. Para las mujeres tocarse el pelo, sonreír, bajar los ojos… Para los hombres mantenerse erguido, moverse de atrás adelante, sacar pecho…

La etapa del contacto físico comienza con señales que preludian la intención de acercamiento: inclinarse hacia adelante, acercar un pie o tocarse el brazo como si fuera del otro. Después, uno de los dos roza al otro, o lo toca en el hombro o cualquier otra parte del cuerpo de forma que parezca casual. El otro advierte la intención de inmediato, si se inclina en su dirección y sonríe, o si devuelve el contacto, vamos por buen camino y el cortejo esta siendo un éxito. Estos juegos son básicos, y todas las culturas tienen códigos que indican quién puede tocar a quién y cuándo, dónde y cómo.

 

Hablando, descubren que ambos son un encanto, les gustan las mismas cosas, les choca lo que el otro no soporta y además no dejan de ser amables, atienden a cada palabra que se dicen, y esto ya suena como un verdadero exhorto al apareamiento.

El cortejo sexual es una verdadera mezcla de rituales, de acciones que de inicio tienen que ver con aparearse; igual pasa con los animales pues para eso sirve: Nos permite conocer la disponibilidad de la otra persona hacia esto y nos reta a motivarla para conseguirlo.

 

El cortejo humano, además, es un proceso complejo ya que con él evaluamos, más allá del físico, las aptitudes, sentimientos y valores. En nosotros es un sistema de selección y de atracción que intenta llegar a una relación íntima de amor, sexo, compromiso, convivencia en pareja, matrimonio o la combinación de todo esto.

En la raza humana ocurre un fenómeno muy interesante, pues esto hace que el cortejo en ellos se diferencie totalmente del cortejo en las otras especies animales; y es que no es responsabilidad de un solo género, ya sea el macho o la hembra, la actividad de cortejo y el atraer a la otra persona; sino que, por lo menos hoy en día, en el siglo XXI, el atraer a la pareja puede llevarse a cabo por cualquiera de los dos géneros. Es decir, cualquiera de ambos sexos puede atraer a cualquier persona del sexo opuesto, o del mismo sexo, si así se prefiere.
Quizás en una primera instancia, lo que nos atrae del otro es su apariencia, es decir, si son estéticamente bellos, para nuestros cánones. También nos vemos atraídos por los labios de las demás personas, cosa que puede estar ligada a la toma de alimento materno, o quizás también a la búsqueda de la comida, pues nuestros ancestros eran atraídos por los frutos rojos, maduros, lo que adquirió esta característica con fines sexuales: el color de los labios y genitales.

 

Hombres y mujeres fijan resueltamente la vista en sus posibles parejas durante dos o tres segundos: si las pupilas se dilatan, quiere decir que sienten un alto interés por el otro. En la Italia medieval las mujeres se ponían belladona en sus ojos para que parecieran más grandes. Algo nada recomendable, pues es un veneno. Una vez terminado el intercambio, se parpadea y se mira a otro lado. El contacto visual no se puede ignorar. Puedes sonreír y comenzar una conversación, o apartar la mirada y marcharte al otro extremo de la sala. Pero antes probablemente te tirarás del lóbulo de la oreja, te arreglaras la ropa, bostezarás, te ajustarás las gafas o realizarás cualquier movimiento sin sentido para aliviar la ansiedad mientras decides si huyes o juegas.

 

La sincronía corporal también es un interesante componente del cortejo. A medida que los potenciales amantes se sienten a gusto, van girando hasta que sus hombros se alinean y quedan cara a cara. Esta rotación puede comenzar antes de que empiecen a hablar. Tras un rato empiezan a moverse en tándem: si él cruza las piernas, ella lo hace; si se acerca, ella también… Esta técnica del espejo está muy extendida: chimpancés, gatos, osos y escarabajos la usan.  Y los humanos seguimos usándola todas las veces.

 

Pero, aparte de esta mera atracción física sumamente superficial, los humanos, a diferencia de los animales, buscamos algo más allá de la apariencia. Sin embargo, esto varía de persona en persona, pues todos buscamos algo diferente en nuestras parejas. Por eso, durante el proceso de cortejo, comenzamos a “hurgar” en la personalidad del otro, y a demostrar los atributos más llamativos de la nuestra, siempre buscando el agradar y no sólo físicamente. Si bien las caras bonitas y los cuerpos esbeltos son más llamativos a la hora del cortejo humano, lo que marca el zarpazo final es el toque mágico que cada humano le da a sí mismo, ese mismo toque mágico que lo diferencia del resto de millones de personas en el mundo y que lo hacen único, ese mismo toque mágico que se encargará de atraer a las demás personas, o por el contrario, repelerlas.

 

 

Dra. Mónica Lijtenstein

Médica ginecotocóloga.

Especialista en Medicina Sexual

monilij@adinet.com.uy


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