Todos fuimos criados en el entendido que hay ciertas palabras que no deben ser dichas. Palabras que por lo general se usan en momentos de enojo y que ponen de manifiesto nuestra contrariedad. Palabras que, como nos decían, “son mala educación”.
Hoy nos encontramos con que el uso de malas palabras es una práctica corriente en la vida diaria, y no sólo de los adultos ya que los niños son los que más uso les dan a las mismas.
¿Será que ya no son tan malas?
No pretendo hacer una apología ni decretar que está bien ni que está mal, pero sí me animo a decir que hemos perdido mucho al permitir que las malas palabras se cuelen en el lenguaje que usamos todos los días para dirigirnos al otro. Es un tema de respeto que ya no se tiene en cuenta. El problema es que los otros ya ni siquiera ven como una forma de falta de respeto o de educación que intercalemos en nuestra charla palabras que en otro momento hubieran sido reprobadas.
Decir malas palabras está cool.
Es más, para los chicos, según la cantidad de palabras de alto contenido ofensivo que intercales en una oración, sos más o menos ídolo. Supongo que todo esto va de la mano de los programas de tele que miran o de la música que escuchan, pero creo que somos nosotros, los padres, los que permitimos o no que les den un lugar privilegiado en su lenguaje. En casa trato (y es una lucha) que no se digan malas palabras, obviamente soy una pesada, una antigua y para nada cool. Me ha valido hasta charlas muy serias con los amigos de mis hijos, que luego éstos reprochan; pero, las reglas de nuestra casa las ponemos nosotros, ¿no?
Hace poco leía sobre cómo, año a año, nuestro lenguaje se empobrece y muchas palabras quedan de lado, olvidadas, por falta de uso. Qué irónico que, por otro lado, las malas palabras vayan ganando un sitial de honor.
Mi teoría es que las palabras se han desvalorizado, han perdido fuerza y protagonismo, como dice el dicho “se las lleva el viento”. Ahí está el problema. Hoy todos nos animamos a decir cosas porque sabemos que perduran poco. El valor que le damos hoy a las palabras es efímero, lo cual es una pena.
Supongo que seguiré en mi lucha interna y con el tiempo veré si tuve o no éxito. Mientras tanto exhorto, a quienes estén de acuerdo, a cuidar nuestro uso de las palabras.
Verónica Correa Bove
