Matías tiene 23 años y no tiene libreta de conducir. No la ha sacado hasta el momento por más que la legislación de su país se lo permite. Podría haberlo hecho desde el instante mismo en que cumplió 18 años, pero no. “No necesito manejar un auto realmente”, cuenta. “Tomo un bus (ómnibus o colectivo), camino, pido que me lleven o llamo un taxi los días que no quiero esperar”, explica. La mayoría de sus amigos de igual edad sí tienen libreta de conducir. La estrenaron orgullosos. Los fines de semana le piden el auto a sus padres y salen a divertirse con Matías, que cuando no tiene chofer, muchas veces decide alquilar una película y quedarse en casa.
Un paso más hacia la vida adulta. Un signo de independencia y libertad. Buena parte de los jóvenes ansían el momento de cumplir la edad suficiente para poder sacar la libreta. “¡Al fin! ¡No más papá y mamá llevándome a todos lados! ¡Nunca más temer que estacionen en la puerta de del colegio secundario o en la de la discoteca frente a todos!”
En algunos países la edad es 18 años y en otros alcanza con 16. Suele ser menor la edad pedida para manejar motos y cuatriciclos y en países donde los jóvenes deben hacer grandes distancias para ir a estudiar.
El anhelo y exaltación de los hijos adolescentes tiene su contrapartida en la vivencia de los padres. Incertidumbre, confianza, alegría por ver cómo los hijos crecen, una cuota de temor. Todos estos sentimientos se mezclan ante la pregunta que tarde o temprano llega: papá, mamá, ¿me prestan el auto hoy de noche?
De acuerdo a la Dra. Silvia Flechner, médica psicoanalista uruguaya, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APA), “sacar la libreta de conducir es un símbolo más de independencia para los jóvenes que cumplen 18 años. Lo primero que debemos hacer ante el crecimiento de los hijos al convertirse en adolescentes, es no estigmatizarlos ni considerar que sus actividades tendrán un fin negativo para la familia y la sociedad. Son ante todo la generación del cambio, trayendo como siempre elementos positivos y negativos, pero por sobre todo novedosos y creativos que debemos apoyar en la medida de lo posible, e intentar que esos cambios no sean perjudiciales ni para el adolescente ni para los adultos”.
Ganarse el auto
Muchos adultos utilizan el préstamo del auto como forma de castigo o por el contrario como un premio. Otros son recelosos a que sus hijos manejen, directamente por miedo al peligro que supone “la calle”. La negativa en esos casos no responde a una estrategia educativa de recompensa o sanción, sino al temor de que se vean envueltos en un accidente de tránsito. De hecho, las cifras impactan. Según los datos recabados en 2007 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), un millón de jóvenes muere por año en el mundo a causa de lesiones provocadas en accidentes de tránsito. Más del 25% de los muertos son jóvenes menores de 25 años.
Claro está que estas cifras no representan exclusivamente la irresponsabilidad de los jóvenes al volante. “La imprudencia puede verse en cualquier edad y en diferentes situaciones de la vida. Así como hay personas distraídas, o poco cuidadosas, hay también quienes están pasando por un mal momento anímico o personas que son de por sí imprudentes. Esto puede verse en todas las edades, no solo en la adolescencia. El ser joven y sacar la libreta no tendría por qué convertirse en un riesgo para sí mismo y para la sociedad”, sostiene Flechner.
Para la psicoanalista son los padres y luego los educadores quienes tienen la responsabilidad de poner los límites a sus hijos / alumnos y quienes deberían ser los primeros en educar – también con el ejemplo -, cómo manejarse en la vida para no dañarse a sí mismos y tampoco a los demás. “Esto se aplica a todos los niveles (y no solo detrás del volante) y significa no ser cruel con los compañeros de estudios, con los hermanos, aprender a ser tolerante, enseñarles a esperar, a compartir, a ponerse en el lugar del otro”.
Flechner explica que “si el adolescente cumple con las reglas que le imponen sus padres, si no les roba el auto en la noche, si no se alcoholiza o se droga mientras maneja, hay menos chances de que prestar el auto sea un problema para los padres”. Esta mirada descomprime la angustia y la incertidumbre de la encrucijada a la que muchos padres se enfrentan cuando sus hijos les piden el auto.
Diálogo sincero, reglas claras y una cuota de confianza parecen ser una buena combinación para abordar el tema de “la libreta” con los hijos ya mayores de edad, que siguen siendo menores para nosotros.
¿Cómo conversas con tus hijos el tema “conducir con responsabilidad”? ¿Les prestas las llaves del auto o prefieres que tengan más edad para hacerlo? Nos interesa tu comentario.

COMENTARIOS
11.09.09 - SERGEI MIRANDA - CHILE
Buscaba una pàgina quie me ayude a esta disyuntiva que me preocupa y no quiero aparecer muy duro ni blando respecto a este tema, de prestar el vehiculo a un hijo mayor.
El termino sus estudios y junto con ello se puso a pololear, lamntablemente ella no es del barrio y concurre a verla todos lo s dias en el vehìculo que era sòlo para vacacionar.
Que hago, lo presto asi nomas o pongo condiciones, pues el no revisa nunca los niveles del vehìculo