Me animo a decir que todos nosotros tuvimos alguna vez un apodo. Están aquellos que duran lo que una ráfaga de viento y los que permanecen toda la vida. Algunos derivan del nombre, otros de una característica física o de la forma de ser. Para muchos fue y es inofensivo, porque resalta algo positivo de su ser. Sin embargo en otros se transformó en un rótulo, una marca que les hizo daño antes, los hiere ahora y parece seguir carcomiendo.
Y es que las opiniones que los otros tienen de nosotros impactan en nuestra personalidad. Los que nos rodean son quienes nos otorgan características positivas o negativas que muchas veces se traducen en el sobrenombre que nos colocan. Para la psicóloga y especialista en Neurolinguística Sandra Misol el sentido que pueda tener ese apodo importa y mucho. “A veces pueden destacar aspectos positivos, referirse al rendimiento, “el bocho de la clase”, o a características físicas, “la divina”. De todas formas, como toda etiqueta implica una mirada parcial de las personas al jerarquizar tanto una cualidad o un defecto parece no dejar espacio ni para el error o para la aparición de otras potencialidades”, explica la especialista.
Pero, ¿cuándo surgen los apodos? ¿Quiénes son los que colocan los sobrenombres? Los apodos suelen aparecer en la relación que mantenemos con nuestros pares. En algunos casos, los utilizan con un sentido afectivo y para señalar la pertenencia a un determinado grupo y sus códigos. Sin embargo y lamentablemente este no es el único fin. También se utilizan para ridiculizar y burlarse de alguien. Allí el apodo se transforma en un rótulo y forma parte de una dinámica agresiva. Según Misol, en la relación con los pares, especialmente a los varones, “se les enseña a establecer relaciones asimétricas dónde aparecen líderes, niños que muestran un mayor poder o ascendencia sobre los demás. Los líderes pueden ser positivos (conciliadores, defensores de valores solidarios) o negativos, buscando abusar de los más débiles”.
Sin embargo no sólo son los pares los que estigmatizan con un rótulo. A veces son los maestros
que tratan de ayudar, pero logran un resultado diametralmente opuesto. Una maestra que tiene un niño con dificultades de aprendizaje, consulta a la psicopedagoga del colegio para que evalúe su situación. Allí ella lo confirma: es un “niño problema”. Se lo comunica a los maestros quienes lo colocan de esta forma frente a su clase. Los educadores muchas veces no se preocupan en conocer cuál puede ser el origen del problema, sólo se limitan a etiquetar al niño. Así es que, el menor, pasa a ser el distinto frente a los otros, cambia el concepto que tiene de si mismo y por obvias razones también varía la designación que sus compañeros tienen de él. La maestra también se encargará de que los padres sean conscientes de que tienen un “niño problema”. Ellos lo tratarán diferente también. Así de esta forma el estigma quedo instaurado.
Dentro de casa los chicos tampoco están a salvo de este problema. Cada persona tiene su concepto sobre la educación que debe procurar a sus hijos y ellos es reflejo de vivencias personales. Así es que hay padres que consideran que calificar al niño con determinada palabra servirá para hacerle entender que cierta conducta es errónea, por ejemplo al decirle tonto, torpe o quien sabe que otras cosas. La acción de los padres, a veces por ignorancia, puede generar mayor incidencia y marcar a sus hijos a tal punto de cambiar negativamente su personalidad. Aún cuando los apodos se digan en broma, el menor suele tomarlos muy en serio. Algunos afirman que los más chicos se ven a si mismos a través de los ojos de sus padres. De ahí el peligro que encierra que sólo se enfoque en lo negativo de los niños.
Mariela tiene 45 años y desde que era niña sus amigos y familia le dicen “negra”. Tiene desde pequeña la piel tostada, su hermana no, “es rubia y bonita”, dice. Así se lo dejaron marcado a fuego y ella lo repite. Es maquilladora y dice que no sale a la calle si no se pone maquillaje. Sin embargo un recuerdo un tanto violento la une con su profesión. “Cuando era chica yo iba a llevar los anillos en un casamiento. Me habían hecho un vestido blanco, bien lindo. Pero claro, mi piel contrastaba más con un vestido de ese color. Mi madre, me puso polvo en el rostro para taparme mi color de piel. Me acuerdo que yo estaba encantada de verme así. Hoy me acuerdo de todo esto y se me hace un nudo en la garganta”, cuenta Mariela.
Lamentablemente, Mariela tiene varios recuerdos de este tipo y no sólo involucran a sus padres sino también a su abuela. “Recuerdo una vez que estábamos todos en su casa. Y yo escuché que le decía a otra persona que junto a mis primos se me notaba más lo negra que era. No entiendo porqué no me quería.” Mariela tiene un severo problema de autoestima, se ve con miles de defectos, es insegura y le da miedo retomar los recuerdos, en realidad le tiene miedo al dolor. En este como en otros casos, el rótulo dañó y sigue dañando.
Una de las armas poderosas que tienen los seres humanos es la palabra. Así como es capaz de alentar, fortalecer y ayudar, también puede lastimar y destruir cuando se usa inadecuadamente. El lenguaje puede enviar mensajes capaces de dejar profundas huellas emocionales. Debido al momento evolutivo que atraviesan los niños, son más vulnerables a los efectos de las sentencias que se dan a través de las palabras. Ser estigmatizado afecta la autoestima del niño, “y se produce una especie de miopía de recursos, pierde la confianza en poder ser o actuar de otra manera”. Y es así que el rótulo termina siendo “como una profecía que se cumple. La persona que recibe estos mensajes los va integrando a su imagen personal y actuando en consecuencia”, aclara Misol.
Los padres y educadores deberían manejar la técnica que busca el “reencuadre de las palabras”. Según Misol, el objetivo es “aprender a decir las cosas para generar cambios positivos y no rotular. Por ejemplo no es lo mismo decir “qué torpe que sos” a “tenés mucha energía eso es bueno, tienes que aprender a modularla para no chocar contra los muebles”. “Las personas en la vida adulta interiorizan muchos de los diálogos que sostienen en la infancia. Estos diálogos internos que nos acompañan, son los que nos habilitan o nos derrumban”, dice la especialista consultada. Por ejemplo “no es lo mismo decirse “que tarada que soy como me equivoqué” a decirnos “no elegí mi respuesta de forma adecuada, tengo que prepararme mejor en tal aspecto”.
Si cambiamos la forma y lo que decimos a un niño podemos estar modificando positivamente su futuro.
Muchos chicos ya convertidos en adultos, se pasaron toda una vida sufriendo por las consecuencias que le dejó una etiqueta. Este sufrimiento puede ser evitable, pero para eso todos debemos ser concientes del daño que provoca.
Por Yisela Moreira
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COMENTARIOS
20.08.09 - Griselda Monesiglio - Venezuela
Muy bueno el artículo, bien explicado y cierto.
No me gustan los apodos, por algo tenemos nombre.
Saludos.